Otra vez. Otra vez estaba allí, allí delante de la pelota de fútbol, lo que desde siempre fue mi vida.
Otra vez la suerte decidió que fuese yo quien tuviese que solucionar un partido. De mi pié dependía obtener la victoria ó la derrota, la alegría ó la tristeza, la esperanza de mis compañeros ó la maldición de mis adversarios. Nuevamente era yo quien llevaba la camiseta con el numero diez a la espalda.
El numero de los grandes, el numero de Maradona, de Pelé, Zidane, Baggio, el número de los fantasiosos y de los líderes. El número de los jugadores que todo el mundo espera que ganen los partidos, el número que te convierte en ídolo pero al mismo tiempo el número que más pesa llevar.
Desde que era pequeño llevé este número, recuerdo este número desde aquellos tiempos en los que salía a la calle con mis amigos y el fútbol era para mi solo un juego. Recuerdo que por aquel entonces tenía una camiseta blanca del Real Madrid que me regaló mi abuelo por mi cumpleaños. Me sentía libre corriendo detrás de la pelota y todo el mundo me decía que el era muy bueno.
Por aquel entonces no tenía ninguna presión, en la tele no había programas de fútbol, no existían los aficionados, tan solo existía una capa de asfalto y la única preocupación era la de parar de jugar cuando pasaban los coches y tener cuidado de que la pelota no se bloqueara bajo el silenciador de un coche.
Recuerdo cuando mis padres me apuntaron a la escuela de fútbol del cole. Era feliz porque para mi era como si me hubiera fichado para un gran equipo. Por fin tenia a mis compañeros y mi entrenador.
El primer día me llevó mi abuelo, y recuerdo que el entrenador me preguntó en que posición quería jugar. A mi solo me importaba correr, solo quería jugar. Cuando se juega en la calle solo hay porteros y jugadores, entonces yo no supe que contestar, y lo hizo mi abuelo por mi. Con tono orgulloso dijo:
“Este es un diez!”
Yo tampoco sabía que significaba ser un diez, y una vez terminado el entrenamiento le pregunté a mi abuelo.
“Chiquillo, un diez es quien en el campo sabe ya lo que va a pasar en un rato, es lo que crea el juego, lo que hace marcar a los compañeros lo goles fácil, porque es el que hace lo difícil. No es ni un delantero, ni un mediocampista, esta en el limbo de la creación porque es lo que convierte un deporte vulgar, que se juega con los pies, en poesía. Un día te llevaré a ver jugar un diez”
La noche del 22 junio 1986, estaba delante de la tele con toda mi familia, para ver el partido del Mundial del Méjico; Argentina – Inglaterra. Este partido llegó uno años después de una guerra entre los dos Países y los Argentinos tenían muchas ganas de venganza. Claramente, yo era solo un niño, no me importaba nada de todo esto, quería solo ver el fútbol, y lo que vi fue de verdad “todo el fútbol”.
El partido era muy duro y los ingleses tenían muchísimo miedo de Maradona y en la segunda parte pasó lo que todo el mundo recuerda como “La mano de Dios”. Maradona, el número diez del Argentina marcó un gol con la mano, una mano que casi nadie vio y que luego levantó al cielo para manifestar su alegría, casi como una provocación. En el fútbol, si no eres un portero, tocar la pelota con la mano es un delito capital, algo imperdonable, pero aquella mano no, aquella mano fue astuta, genial, poética, fue la mano de Dios. También porque unos minutos después, como para pedir perdón, el mismo numero diez hizo lo que es el gol más bello de siempre.
Recibió la pelota del medio campo, recorriéndolo todo, y saltando cada INGLES que cruzó por su camino, y por ultimo el portero. Todo esto tocando once veces la pelota, once como los jugadores que forman un equipo.
Aquella noche fue la primera vez que vi jugar un numero diez. Y desde este momento, quería ser como Maradona. Empienzé a soñar que una noche, yo también haría algo de inolvidable, de tocar la pelota así ligero como un ángel.
Los años pasaban y entendí que el fútbol para mi empezaba a ser algo mas serio y una tarde de octubre se convirtió en mi trabajo, cuando jugué mi primer partido en primera división. Ya no jugaba en la calle sino en un estadio y la gente pagaba para verme. Los primeros años luché mucho para conseguir una camiseta de titular y en el mismo tiempo llegaron los primeros partidos con la selección. Jugué en todas las subs hasta llegar a ser titular en la selección de los grandes. La gente me llamaba, me paraba por la calle para pedirme un autógrafo animándome a seguir marcando goles y ganando partidos.
Para mi todo esto no cambió mi vida, claro que tenía mucho dinero y novias guapas pero en el campo era lo mismo. Disfrutaba cada momento, hasta que una noche fallé un penalti, impidiendo a mi equipo llegar a la final.
Todo el mundo fue indulgente conmigo ayudándome y diciendo que los éxitos conseguidos llegaron solo con mis goles y mis asistencia. Pero yo seguía sintiéndome mal. Me sentía culpable por mi fallo, tanto que escondí mi cara bajo mi camiseta numero diez.
Todo estos recuerdos me pasaban por la cabeza, cuando me encontraba allí, nuevamente para un penalti. Estos pensamientos me bloqueaban las piernas, miraba al portero y me parecía un gigante y la portería muy pequeña. Veía detrás a los aficionados del equipo rival insultándome e intimidándome, intentaba de elegir a donde disparar y me parecía que el portero era capaz de leer mi mente. Me sentía parado, muerto, esperando el castigo y la derrota. Luego cerré los ojos y me acordé de un antigua canción de un cantante italiano que escuché y que decía:
“Nino no tengas miedo de disparar un penalti, no es de estos detalles que se ve cuanto vale un jugador. Lo que importa de un jugador es el coraje, el altruismo, y la fantasía”.
Estas canción me la hizo escuchar mi abuelos unos días antes de morirse. Sabia que estaba mal cuando fallé el penalti de la semifinal. El estaba enfermo de mucho tiempo pero me dijo que vio todo mi partido y que jugué súper bien, que estaba muy inspirado y que se sintió muy orgulloso de mi. Tu hiciste todo lo que tenia que hacer, llevaste en tu espalda todo el equipo, que de mucho tiempo no aguantaba más y sin tus pies el partido se habría acabado desde hace mucho tiempo. Ves no es un penalti lo que dice cuan es bueno un futbolista es la manera en la que juega y tu justaste con genialidad, elegancia y poesía, tienes que estar muy orgulloso y sabes que yo lo estoy de ti, como futbolista y como hombre”.
Este fue mi último recuerdo de el, luego abrí los ojos y más tranquilo miré al portero y unos instantes después del pito del arbitro, empecé a correr. Me sentía ligero, como si mi numero diez fuesen unas alas de ángel a mi espalda. Me pare un segundo y disparé colándole la pelota al portero por la derecha.
Aquella noche, mi abuelo me vio jugar como un numero diez!
Desde “Leyendas Urbanas”. Vittorio Galati
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